Colegio Guadalupe

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Mensaje de Sister Patricia, Graduación 2017

 

El santo de hoy, 22 de junio, es Santo Tomás Moro.  Siglo XV-XVI.  Aunque vivió hace más de 500 años, tiene algunas cosas en común con ustedes:

Venía de una familia que valoraba la educación y procuró darle una excelente formación que concluyó en Oxford, Inglaterra.  Su papá quiso que estudiara leyes.  Siguió ese camino, a la vez que desarrolló una vida espiritual vigorosa, fortalecido por la influencia franciscana y también por la benedictina, pues Tomás fue un oblato benedictino.

 

A los 33 años fue elegido al parlamento y siguió una carrera política brillante.  Estuvo felizmente casado, con tres hijas y un hijo. Su carrera política se desarrolló durante el reinado de Enrique VIII, quien tuvo un aprecio especial por Tomás.  Llegó a formar parte del círculo más cercano al rey como canciller.   Recordaremos de nuestras clases de historia…o del cine, que Enrique VIII se separó de la Iglesia católica romana y se nombró jefe supremo de la iglesia de Inglaterra, no por cuestiones doctrinales sino porque quiso divorciarse de la reina, Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena.

 

En conciencia, Tomás no podía apoyar la decisión del rey, pero tenía una familia que mantener; así que, al principio, simplemente se quedó callado.  No denunció la decisión del rey de separarse de Roma.   Llegó el momento en que tuvo que renunciar como canciller.

 

Pero su silencio no le bastó a Enrique VIII, quien, queriendo la aprobación expresa de Tomás, exigió que jurara fidelidad al rey y proclamara la validez de su matrimonio con Ana. Tomás, como buen abogado, aceptó algunas porciones del juramento, pero, en conciencia, no pudo aceptarlo todo. 

 

Lo arrebataron de su familia y lo encarcelaron en la Torre de Londres.  Por más de un año sus familiares y amistades trataron de convencerle que firmara el juramento para salvar su vida, pero él rehusó actuar en contra de su conciencia. Así, finalmente fue decapitado en 1535.  Sus últimas palabras fueron, “me muero como fiel súbdito del rey, pero en primer lugar está Dios”.

 

Tomás Moro murió por ser fiel a su conciencia, por querer vivir con integridad la unidad entre sus creencias y sus acciones.  Esa integridad había marcado toda su vida.  Nos dejó un libro que aún hoy se estudia en las carreras de filosofía y ciencias políticas:  “Utopía”, que describe una sociedad ideal, libre de la pobreza y de sufrimiento.

 

Aunque las utopías no logran encarnarse plenamente en la realidad, urge que sigamos soñando con un mundo mejor.   San Benito entendía eso muy bien.  En su pequeña Regla nos ofrece un gran ideal de comunidad cristiana y luego se dedica a organizar la vida para personas comunes, llenas de fallas y errores.  

 

Tanto Moro como Benito fueron santos soñadores, soñaron con cambiar la realidad y forjar una humanidad más plena. Creo que cuando dejamos de soñar con un mundo mejor y de trabajar para acercarnos a ello, caemos en la mezquindad, el cinismo, el egoísmo maquiavélico.

 

El mundo de Tomás Moro no se distanciaba tanto del nuestro.  El escribió: “A dónde sea que volteo percibo una cierta conspiración de la gente rica, buscando su propio provecho y ventaja, disfrazado con la palabra “bien de la comunidad.” 

 

         Moro vivió en un mundo de corrupción, intriga, desigualdad social y económica, pero nunca perdió sus ideales ni dejó de luchar por ellos. Dio mucha importancia a la educación y a la formación humana.  En una época en la que las mujeres no tenían acceso a los estudios universitarios en Inglaterra, él insistió en que sus hijas, recibieran la misma educación que su hijo.

 

Considero que una frase suya tiene plena vigencia hoy: “Ya que nuestro espíritu tiene raíces tan profundas en la vida personal y social, y sus valores van tan en contra de los intereses modernos (siglo XVI), cuidar la vida espiritual puede llegar a ser un acto radical, un desafío a las normas sociales aceptadas.

 

El Santo de hoy nos hace ver el precio de la fidelidad a nuestros ideales.

 

Para no terminar en una nota que podría parecer deprimente, les leo la oración de buen humor de Santo Tomás Moro; que escribió cuando estaba en la prisión en la torre de Londres esperando la ejecución. El Papa Francisco ha dicho que la reza todos los días:

 

 

 

Concédeme, Señor, una buena digestión, 

y también algo qué digerir.

 

Concédeme la salud del cuerpo, 

con el buen humor necesario para mantenerla.

 

Dame, Señor, un alma sencilla que sepa atesorar todo lo bueno,

y que no se asuste fácilmente ante el mal,

sino que encuentre los medios para poner las cosas de nuevo en orden.

 

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,

las murmuraciones, los suspiros y los lamentos

y no permitas que sufra excesivamente de la tensión

que me causa ese ser tan dominante que se llama “YO”.

 

Dame, Señor, un buen sentido del humor. 

Concédeme la gracia de aceptar una broma, 

de descubrir en la vida un poco de gozo

y poder comunicárselo a los demás.

AMÉN