Reflexión del Padre Evagrio sobre las Madres

Un Maestro cuenta que hubo un pueblo muy bonito, de paisajes espectaculares y habitantes muy felices. Pero sucedió en una ocasión que un terrible dragón vino a establecerse en las inmediaciones del pueblo. Se posesionó allí de una gran cueva y se estableció en ella como en su palacio. Era un dragón muy iracundo e incendiaba grandes extensiones del bosque con sus arrebatos de furia. Además, cada tanto hacía incursiones en el pueblo y destruía todo lo que encontraba a su paso: casas, parques, jardines. 

Por entonces vino también al pueblo un pequeño buen dragón. Era un dragón simpático, amigable y feliz. Bien pronto se dio cuenta de todos los desmanes que hacía el terrible dragón, y algo en su corazón le sugirió que había llegado el momento de convertirse en un héroe.

Una mañana nuestro joven dragoncito caminaba por el bosque cavilando para trazar en su mente la estrategia a seguir. Y de repente descubrió algo que le pareció maravilloso. Había una mariposa trasparente, como esas que están estrenando vida, que revoloteaba con fatiga por el bosque. La mariposa se le acercó al dragoncito y le entregó una esferita maravillosa, dorada, luminosa. La mariposa se marchó, perdiéndose entre los árboles y nuestro dragón estaba embelesado contemplando la fina luz que irradiaba la pelotita dorada. De pronto le pareció que la esferita le estuviera hablando: «Si quieres ser un héroe de verdad, tienes que hacer todo lo que yo te diga. Aprisa, vamos a adentrarnos en el bosque». 

El dragoncito continuó pues su marcha por el bosque. Todos sabemos que los dragones tienen una larga hilera de cuernitos desde el cuello hasta la punta de la cola. Bueno, nuestro dragoncito tenía dos más, que su mamá le había pegado a su traje de dragón para que le sirvieran de bolsillos y pudiera así guardar cosas. Allí guardó la esferita y continuó su camino.

De repente apareció ante sus ojos un gran pórtico con varias puertas. Dicen que en cada puerta había una inscripción. En la primera estaba escrito: «Puerta de los reyes». La segunda rezaba: «Puerta de los hombres temibles». La siguiente tenía la inscripción: «Puerta de los que ambicionan riqueza y poder.» Y la última decía simplemente «Entrada». Confundido, no sabía por cuál entrar. Pero de repente la esferita dorada salió de su bolsillo y le dijo: «Vamos, sé honesto, tú no eres un rey y mucho menos un hombre temible. No te recomiendo ambicionar riquezas ni poder. Vamos, sé humilde y entra simplemente por la entrada». Así lo hizo y ante sus ojos se desplegó un gran camino tenebroso. En su mente mil interrogantes le cuestionaban qué habría sucedido si hubiera entrado por las otras puertas, pero no se detuvo más en eso. Simplemente continuó su marcha pensando que si quería ser héroe debía confiar en la pelotita dorada.

De repente le salieron al encuentro muchos otros dragones pequeños que inmediatamente le preguntaron de dónde venía y a qué se debía el honor de su visita. Él les reveló sin ambages que se disponía a enfrentar al poderoso dragón. Todos se rieron de él y uno de ellos le aconsejó: «Mira, muchacho, el gran dragón es invencible. Jamás ha conocido una derrota. Pierdes tu tiempo y tu fuerza. Mejor únete a nosotros, los que trabajamos para él. Así puedes acompañarnos a saquear las casas del pueblo y pisotear sus jardines e incendiar sus graneros. Eso sí que es diversión». Pero la esferita dorada comenzó a sonar como un cascabel que nadie más percibía, y le dijo quedito a nuestro dragón: «Espera, espera. No les hagas caso. Lucha por tus ideales. Tú quieres ser un héroe, ¿no?» Los ojos de nuestro dragoncito brillaron de ilusión y como pudo se zafó del grupo volando y les dijo: «Bueno, lo pensaré muy bien, hasta pronto».

Prosiguió su camino, y cuando el bosque se hacía más denso y tenebroso descubrió una gran roca en la que había un letrero enorme que decía: «Si vienes a enfrentar al gran dragón, toma un arma». En la roca se encontraban engastadas una daga de plata, un hacha de acero, una gran maza de bronce y una especie de sandalia gastada y ya sin mucho brillo. El joven dragón pensó que lo más práctico y manejable sería la daga de plata; pero cuando estaba a punto de empuñarla, la voz tintineante de la pelotita dorada lo detuvo: «Espera—dijo con tono sabihondo—, “no todo lo que brilla es oro”. No te dejes llevar por las apariencias. Toma la sandalia contigo, no pesa mucho y de algo te puede servir». A nuestro dragón le pareció muy poco convencional para un asunto de caballeros, pero como quería ser un héroe prefirió seguir indicaciones. Acomodó la sandalia en su otro bolsillo y prosiguió su camino cada vez más escabroso. Las tinieblas se hacían densas y el camino lúgubre y espantoso. De repente, un sonoro rugido partió las tinieblas. El terrible dragón apareció desde el fondo tenebroso de la cueva. Una llamarada tremenda salía de sus fauces. Entre la confusión, el pequeño dragón apenas alcanzó a oír la voz de la pelotita dorada que le decía exigente: «Rápido, la sandalia». La sacó de su bolsillo con la punta de su cola, pues tenía las manos ocupadas—es que se mordía nerviosamente las uñas de los dedos—. En un segundo de lucidez arrojó con su cola la sandalia, que fue a dar directo a las fauces del gran dragón que comenzó a toser. Sí, se la tragó. Olía a plástico quemado. Y fue tal el golpe que se le apagó el fuego con que destruía el bosque maravilloso del pueblo e incendiaba sus sembrados.

Nuestro dragón comprendió que ya era un héroe. ¡Lo había logrado! Pero decidió darse a la fuga antes de que pudiera haber represalias. Ya cerca del pueblo, cuando ya la gente del lugar lo esperaba con fanfarrias y bailes de fiesta, quiso darle las gracias a la esferita dorada, pero al buscarla en sus bolsillos descubrió que ya no estaba. La buscó volteando sus bolsillos, mirando acá y allá, pero todo fue inútil. No podía encontrarla. De repente escuchó de nuevo su voz: «Y si el encuentro yo, ¿qué te hago?» Entonces comprendió todo: la voz de la esferita rutilante era la voz de mamá que lo había acompañado a todas partes hasta convertirse en un héroe. Era la voz de mamá la que le había enseñado a ser honesto y humilde, al entrar simplemente por la entrada. Era la voz de mamá la que le había enseñado a luchar por sus ideales. Era la voz de mamá la que le había enseñado a no dejarse engañar, a ser práctico, a vencer sus miedos, a combatir el mal. Y, sobre todo, a encontrar lo verdaderamente valioso de la vida. 

Todos llevamos en el corazón la voz y las enseñanzas de esa esferita dorada que nos vuelve héroes. Es la voz de nuestras mamás que nos enseña que nada está perdido cuando se busca con amor y valentía. Ayer nuestro Obispo de Cuernavaca nos decía: «Y lo mejor de todo esto es que ellas no aprenden nada de esto en las escuelas ni en las universidades. Su escuela es el corazón». Y nos decía: «Qué diferente sería el mundo si se rigiera por un corazón de mamá».

Queridas amigas, queridos amigos, a nombre de la comunidad benedictina queremos desear llenos de gratitud a todas las mamás las mejores bendiciones del cielo. Y a nuestras mamás y abuelitas que ya han partido, que Dios les recompense todo su amor con la gloria del cielo. ¡Feliz Día de las Madres!

 

Con mi bendición,

Dom Evagrio López Álvarez OSB

Capellán